Este primer post lo dedico a la increíble ciudad marroquí de Fez. ¿Por qué? La verdad es que tras haber vivido en Marruecos dos años y haberlo visitado varias veces después jamás había ido a Fez. No se, no me terminaba de llamar la atención esa ciudad y ahora tengo que reconocer que estaba completamente equivocada. 

Fui hace dos semanas y me enamoré. No os voy a contar nada de su historia porque aquí podéis encontrar un resumen bastante bueno, pero sí os voy a hablar de mis impresiones. Llegué con una amiga desde Rabat tras casi tres horas de tren. Como ya sabemos de qué va esto, nada de coger un taxi en la estación, nosotras como las marroquíes, en mitad de la calle y sabiendo perfectamente hacia donde vamos. No, nadie notó la diferencia 😛

Nosotras: Buenos días
Taxista: Buenos días.
N: Vamos a la medina.
T: Vale, a la medina, ¿dónde? Porque hay muchas puertas. (Sí, la primera en toda la boca).
N: Mmmmmm, bien…. a ¿Bab Bou Jeloud?
T: Bien.
N: ¡Oiga, oiga! Ponga el taxímetro. (Y el taxista nos sonríe de forma picarona).

Llegamos a la medina de Fez que se llama Fes el-beli, sacamos de “manera discreta” nuestra guía de viaje y entramos por la primera puerta que nos encontramos. Una pandilla de niños nos dice en un español perfecto que nos hemos equivocado de puerta. Nosotras los ignoramos y cuando llegamos a un callejón con muy mala pinta decidimos salir y probar suerte con otra puerta. Los niños tenían razón. Entramos por la puerta correcta y decidimos pasar de la guía y lanzarnos a conocer los rincones más bonitos y escondidos. Y lo conseguimos, vaya que sí.

Fez es conocida por ser la capital espiritual de Marruecos, por la belleza de sus mujeres, por sus famosas curtidurías, su tránsito de burros y caballos por las empinadas calles de la medina, su fama en cerámica y su buen hacer con el cuero (aparte de ser la ciudad más barata para hacer compras que conozco). Nada más entrar, picamos comprando carteras para todos. ¡Ala! Ya tenemos los Reyes arreglados. Y continuamos nuestro paseo por la calle principal (Tala’a Kbira). Seguimos todo recto. Nos metemos a la izquierda, a la derecha. Mira que callejón tan bonito. Aquí hay una fuente, hazme una foto, yo quiero otra. Llevamos dos horas aquí y no hemos visto nada. Pero si estamos viendo la ciudad. Mira un grupo de españoles con guía y con ellos que vimos nuestro primer monumento, la escuela coránica Bou Inania.

Y como no podía ser de otra manera, también regateamos por cosas imposibles de llevar. Mira que mesa -con pesadas patas de hierro y un mármol aún más pesado- más bonita hay aquí. No nos la podemos llevar. Ya… pero es tan bonita, a ver cuanto vale. Y después de media hora de regateo y encontrar un precio medio razonable decidimos que no nos la podemos llevar y se la dejamos al buen señor allí. Sí, nos cayeron más de mil maldiciones pero ya estamos acostumbradas.

¡Venga! Vamos a buscar ahora lo importante: el mausoleo de Mulay Idriss y la mezquita de al-Qarawiyyin. Vueltas, vueltas, más vueltas. Una paradita en una tienda de bolsos donde acabar de comprar los regalos de Navidad y practicar nuestro dariyya y vuelta al turisteo.

Llegamos a Mulay Idriss, el mausoleo del santo más venerado de todo Marruecos, que estaba de obras y además no dejan entrar a los no musulmanes. Solo pudimos observar el patio desde fuera. Volveré dentro de unos años porque dicen que la portada es una maravilla.

Seguimos nuestra ruta hacia la Mezquita de al-Qarawiyyin, que pillamos en momento de oración y no pudimos ni entrar al patio. Pero uno de los porteros nos hizo el enorme favor de fotografiarnos el patio, el pórtico y el techo, así que sí tenemos testimonio gráfico.

Otra paradita para comer pinchitos y seguir visitando la medina. Esta vez los zocos y el museo de madera para terminar la tarde en el mellah o barrio judío. De las curtidurías pasamos porque ya he hemos visto muchas y el olor no es nada agradable. A pesar de haber vivido en Tetuán mucho tiempo y que allí hay un mellah también con su sinagoga y todo, no quedan restos de los edificios, como en Fez. Es un barrio precioso, te sientes transportada a otra época. Echamos de menos carteles escritos en hebreo, que excepto en la sinagoga y en el cementerio no vimos grafía hebrea por ningún sitio.

Y para finalizar y antes de poner rumbo a Rabat de nuevo, nos paseamos por los alrededores del Palacio Real. Fueron nueve horas en total las que estuvimos pateando la medina de Fez y fueron geniales. Es una ciudad muy bonita, la gente es súper amable y tiene mucho encanto. No te importa perderte porque sabes que encontrarás algún rinconcito bonito. Nos quedamos sin visitar la ciudad nueva y la estación termal de Moulay Yakoub, pero así tengo otra excusa para volver.

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